Este artículo se iba a titular
Elogio a García Ferrando, en desagravio a las diatribas que he dirigido desde el blog a este sociólogo que suele publicar sus colaboraciones en el diario “Levante” y que en su artículo de hoy,
Partidos atrápalo-todo se muestra ponderado y equidistante hasta la exquisitez.
Supongo que García ha dedicado mas tiempo de lo que es habitual a preparar su escrito, con el resultado de que la lógica interna de sus argumentos, el uso de las fuentes, el punto de vista objetivo y las conclusiones son un modelo de coherencia, que no dejan ningún resquicio, ninguna fisura, por donde enhebrar la aguja de la crítica.
Analiza García la naturaleza de los grandes partidos políticos de las democracias occidentales y su evolución hacia espacios de captación de votos en los que los elementos ideológicos que caracterizaban una visión finalista, a largo plazo, de la política partidaria, han sido superados por el pragmatismo de la visión a corto plazo, incorporando el marketing como instrumento esencial para captar electores en aquellos caladeros de voto moderado, mas alejados de los antiguos extremos marcados por preferencias ideológicas.
Uno de los efectos de ese fenómeno objetivo, contrastado, visible, es la menor diferenciación entre las ofertas electorales de los grandes partidos que se disputan un mismo espacio, el famoso centro, con estrategias coincidentes, que los candidatos tratan de diferenciar por medio de la retórica, y a veces producen el grotesco efecto de subasta cuando, por ejemplo, las medidas fiscales de sus programas son semejantes, y solo pueden diferenciarlas por la cuantía o los procedimientos, porque la filosofía subyacente que las anima no difiere gran cosa en uno u otro caso.
García analiza esa realidad objetiva, sin cuestionarla, y concluye su artículo argumentando la utilidad del voto, sin decantarse a favor de ninguna formación, en la línea de exquisita corrección política que caracteriza su escrito.
Es precisamente ese concepto, la utilidad del voto, el que ha estimulado mi curiosidad intelectual, y me empuja a plantearme una pregunta, impertinente, como siempre, innecesaria, seguramente, pero que a mi me parece oportuna.
¿El voto es útil? ¿Para que? ¿Para quién?
Hay otro aspecto del asunto que no tenía pensado a priori, pero que me ha surgido según iba escribiendo. Cuando alguien dice que no es de derechas, ni de izquierdas, que eso son conceptos superados, tengan por seguro que quien lo dice, vota a la derecha.
De igual modo, el argumento de que todos los partidos políticos son iguales, que todos hemos empleado alguna vez, ignora que todavía hay espacios sociales en los que la política partidaria no se comporta de la misma manera, por mucho que las medidas económicas y la política exterior tengan bastantes semejanzas --o debieran tenerlas-- gobierne quien gobierne.
Por consiguiente, es legítimo opinar que cuando alguien, haciendo gala de una corrección política fuera de toda sospecha, constata la identidad de los grandes partidos y la escasa entidad de su base ideológica, en realidad, de un modo muy sutil, está llevando el agua a su molino, y dirigiéndose a sectores muy concretos del electorado, con intenciones claramente partidistas, aunque no sean explícitas.
Si todos son iguales, ¿para que votar?. El voto puede servir para poco, o para mucho, según el contexto en el que nos encontremos. Demasiado a menudo nos encontramos con sociedades en las que no solo el voto no vale nada, sino que la vida de los votantes, se cotiza igual. Y sin embargo, en las sociedades avanzadas, con una organización social compleja y madura, un respeto institucional a los derechos de las personas y unas economías potentes, donde el voto debiera ser considerado un derecho irrenunciable, valioso, una parte significativa de la población se pregunta cada cuatro años, votar, ¿para que?
Quienes se hacen esa pregunta, en realidad están pensando, --votar ¿Para quién?, porque sienten que la política es algo ajeno, de otros, y que participando en la ceremonia del voto en realidad están contribuyendo a sostener un sistema que no los considera como miembros de pleno derecho.
Porque el voto ciudadano, entre otras cosas, sirve para consolidar un sistema existente, con sus ventajas y sus vicios, y esa función de conservación del sistema, aunque no sea visible de modo explícito, no es la menor de las funciones que se derivan del ejercicio de ese derecho.
Naturalmente, viendo las tragedias humanas que asolan a los países que carecen de una estructura democrática y de protección de derechos, la sola contemplación de esas carencias debería ser un acicate para que corriéramos a las urnas, por no hablar de la memoria personal de quienes hemos vivido los oscuros largos años de dictadura. Sin embargo, está en la naturaleza humana la ambición de crecer, prosperar, mejorar, y los sistemas democráticos maduros no han evolucionado tanto como para no ser perfectibles.
Así, aceptando la sugerencia de García, consideremos la utilidad del voto, pero no solo para su función de conservación del sistema, sino para ir más allá.
Una ley electoral nueva, donde podamos elegir a cada candidato, en lugar de votar listas cerradas. Una cámara territorial, en lugar del senado que tenemos.
Una urgente y necesaria reforma de la Justicia, que acabe con el obsceno espectáculo de algunos de nuestros tribunales e instituciones jurídicas. Un departamento ministerial nuevo, que se ocupe, usando la tecnología interactiva disponible, de implantar presupuestos participativos, y de promover la participación ciudadana directa en la toma de decisiones que nos afecten.
La campaña electoral todavía no ha comenzado, aunque no lo parezca. Ignoro si los programas de los partidos consideran alguna de estas posibilidades de profundizar en las prácticas democráticas de nuestro sistema de democracia representativa.
Si así fuera, cuando deposite mi voto tendré la sensación de que, efectivamente, es útil, aunque parezca intempestivo preocuparse por estas cuestiones, con lo que está cayendo en los precios de los bienes de primera necesidad, y en el desempleo creciente. Pero, de eso, hablaremos otro día.
Lohengrin. 6-02-08.