sábado, 7 de abril de 2007

MÁRAI

Cuando leí a Ferlosio me confortó su idea de que carácter y destino son dos órdenes distintos de la vida, y aunque en el orden del destino la felicidad no tiene sitio, en el orden del carácter es posible encontrar espacios de libertad. Márai, en un libro torrencial de apenas doscientas páginas, --El último encuentro-- sostiene que carácter y destino son la misma cosa, envuelta en la red de la fatalidad, porque las leyes del carácter son inalterables y nos acompañan de por vida, sin que nuestra inteligencia ni nuestra voluntad puedan desprenderse de su influjo.

También sostiene que la verdad nunca proviene de los otros, sino de un ejercicio de introspección que dura toda la vida, en el que, si desprendemos capa tras capa las adherencias que la ocultan, en un doloroso ejercicio de lucidez que puede durar décadas, al final encontramos la verdad desnuda, que no es otra que el resultado de los avatares marcados por nuestro propio carácter, con lo que carácter, destino y verdad no forman una tríada, sino una unidad sobre la que carecemos de control por nuestra propia inanidad.

El pesimismo militante de Márai le llevó al suicidio, en el exilio, lo que parece coherente con sus conclusiones teóricas sobre la naturaleza de las cosas. Hay que ser un pedazo de escritor para mantener la tensión narrativa como el lo hace, al contar la historia, tan aparentemente trillada, de una tríada amorosa. La originalidad del relato consiste en que se cuenta cuarenta años después de haber sucedido, y que el fondo de decadencia del imperio austro húngaro le da a la narración una belleza plástica, como si se tratara de un tapiz tejido artesanalmente, con las tres figuras en primer plano, sobre un fondo de paisaje histórico.

Los escritores depresivos, o los depresivos escritores, deberían poner un aviso en las solapas de sus libros, como el de las cajetillas de tabaco. Leerlos puede acortar la vida. Hay que hacer un ejercicio de distanciamiento para no dejarse contaminar por la desolación que transmiten. Desde esa distancia, puedes entender la lucidez de sus planteamientos, habitar su mundo de desesperación fatalista, temporalmente, para regresar después a un mundo mas humano. En el orden del destino, la felicidad no tiene sitio, en el del carácter, es posible encontrar espacios de libertad.

El trópico de Conrad está muy presente en la novela, como la desesperación de Kafka, de Celine. Con Márai, forman un cuarteto muy bien armado que descubre al lector, sin posibilidad de escape, las miserias de la condición humana, que empujan a sus personajes a la desesperación, pero Márai, de forma explícita, atribuye ese fatalismo a las leyes ineluctables del carácter. Somos nosotros los que labramos nuestra propia destrucción. Esa conclusión parece perfectamente coherente con el carácter del depresivo, que siente que no se puede librar de sus condicionamientos biológicos. Es posible que las personas de esa condición no encuentren espacios de libertad ni en su destino, ni en su carácter, pero no creo que esa limitación pueda afectar a todos.

En todo caso, esa limitación, ha producido, a costa del dolor propio, grandes obras literarias, y creo que esta novela de Márai, si bien no grande en extensión, es un libro de lectura imprescindible, por su profunda reflexión sobre la condición humana, por su pulso narrativo, por su impulso ético, en un mundo donde la banalidad es lo que circula con mayor fluidez, en la producción literaria y fuera de ella.

Lo saqué de la biblioteca pública para soportar mejor la lluvia de estos días de semana santa. La última edición es de 2006 y lo ha publicado Salamandra.

Llueve. Desde mi gabinete veo descolgarse los goterones de lluvia desde las copas de los abetos, en el patio del viejo cuartel abandonado. Recomiendo su lectura, pero voy a enviar un E-mail a la editorial, para que pongan un recuadro en la solapa “Leerlo puede acortar la vida”.

Lohengrin. 04/07

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