martes, 7 de abril de 2015

CARNAVAL

"El tráfico en la Gran Vía es intenso en la noche de este sábado anterior al miércoles de ceniza. Los estorninos duermen plácidamente, encaramados sobre las antenas colectivas, en lo alto de los edificios de fachadas modernistas o entre el ramaje de las acacias venerables, el grueso de la bandada descansa después de haber arrojado toneladas de detritus sobre los poco avisados viandantes que se aventuran bajo sus dominios.
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A través del parabrisas del Morgan 1600, ligeramente mojado por la llovizna, se vislumbran los rostros de decenas de personas, decadentes y ajadas, fanés, descangalladas, que se ocultan púdicamente bajo una consistente capa de Max Factor; envueltas en rutilantes abrigos de cuero, visón o zorro gris, se deslizan por la calzada mojada y sus pasos se funden sobre el asfalto con el reflejo ámbar del alumbrado público. 

Estacionamos el Morgan en un ángulo muerto de la Plaza de Cánovas y al salir del coche, el retrovisor me devuelve mi imágen, un rostro maquillado de negro, de expresión algo feroz, los aros en las orejas y la fina línea de los párpados le dan un cierto aire teatral, un tanto otelliano; el caftán de hilo blanco con bordados plateados, el taghira que cubre la cabeza y la barba cana, suavizan la fiereza del rostro, confiriendo a la figura una apariencia venerable de anciano musulman, facción sunní. 

Nos detenemos frente al semáforo. Mi mujer, junto a mí, lleva su rostro ligeramente oculto tras el velo, sabiamente anudado sobre su cabeza, dejando al descubierto sus hermosos ojos de un verde profundo, trazados con una línea almendrada, mágicamente libada por una abeja reina que ha dejado en sus pupilas un rastro dorado. 

Sus cuencas, cuajadas de estrellas, brillan a la luz de los neones nocturnos de los bares y un caudal de bordados áureos se desliza por el azul mediterráneo de su caftán marraquexí, que revela sutilmente las formas de sus muslos. 

Nos precede una figura estrafalaria. El paño verde billar de su uniforme de mariscal francés, con grandes solapas rojas, los galones y chorreras doradas y las negras polainas son todo un alarde colorista y provocador, coronado con los perifollos de la pechera y el bicornio napoleónico con que se cubre, al que sin embargo le falta la escarapela tricolor, lo que no es de extrañar, dados los tiempos tan poco republicanos que corren.

A su lado, las plumas y el boá de su acompañante, ceñida por un corto vestido negro de los años treinta, resultan francamente discretos. Una hermosa máscara veneciana deja ver, a través de sus flecos, las líneas de una piel pálida, con reflejos opalescentes. 

Al salir del restaurante, que era el primer destino de nuestra salida de Carnaval, después de disfrutar de unas exquisitas setas chinas con gambas y bambúes y un excelente blanco de Rueda, nos dirigimos hacia el coche. 

En la calle, los niños pìjos de Cánovas nos miran entre sonrisas de suficiencia y comentarios jocosos, mientras un músico ambulante nos aborda y farfulla.. 'siempre ha habío ricoh y pobreh'. Desde algunos vehículos, sus ocupantes, con las caras pintadas de blanco nos ofrecen su simpatía y complicidad en este carnaval imposible en el que quienes verdaderamente van disfrazados sin saberlo son aquellos que murmuran al pasar, 'a mi, ni aunque me paguen'..'¿Estamos en Carnaval?...'Si, el de Rio, ja,ja' , mientras que nosotros, que a ojos de otros vamos disfrazados, llevamos en realidad el alma inocente y desnuda de la niñez, como cuando a los ocho años nuestras madres nos tiznaban la cara con un corcho ahumado y envueltos en una sábana vieja nos lanzábamos al frenesí lúdico de las calles suburbiales, mientras que en las calles que ahora transitamos, los progenitores de los pijos que andan por aquí, leían a Pemán y a Balmes, convencidos de que aquello era la perfección intelectual y filosófica. 

Un soplo de aire fresco nos acarició el rostro cuando arrancamos rumbo a Casablanca, la siguiente etapa de nuestra salida nocturna, en las antiguas Termas Victoria, ahora dedicadas a discoteca. Al entrar en el salón de baile, una atmósfera densa y un olor salino a gente viva y divertida nos devolvió la fé en la humanidad. 

Abundan en la pista las jamonas y bailongos, y una cuarentona vestida de lamé que 'acaba de vendre la taronja' se desmelena al ritmo de salsa de una orquesta claramente decadente. 

Cuando salimos de Casablanca, de madrugada, el rumor de las olas de febrero teje y desteje en su sonoro telar, y otros seres fantasmales como nosotros se transmutan en gorilas en la niebla y golpeándose el pecho con los puños gritan, 'Es Carnaval'. "

(Texto escrito en febrero de 1989, recuperado de mis papeles viejos, que relata una noche de carnaval, en compañía de unos amigos.)

En fin. Carnaval.  

LOHENGRIN (CIBERLOHENGRIN) 7 04 15.

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