jueves, 24 de abril de 2008

AGUIRRE O LA CÓLERA DE DIOS

Mi mujer duerme mal, se despierta temprano y pone la radio para distraer su insomnio. A veces, mientras me afeito, me cuenta las noticias que ha escuchado por la radio. Hoy me ha relatado una, que no acabo de creerme. Al parecer, Aguirre, la marquesa consorte a quien los electores madrileños han confiado el sillón de la presidencia autonómica, ha dispuesto la presencia de un batallón de curas en los hospitales de la sanidad madrileña, para que asesoren convenientemente a los residentes, en materias tan delicadas como los cuidados paliativos, la eutanasia, el aborto y supongo que otras difíciles decisiones del ámbito privado de cada uno.


No contenta con haber destruido el prestigio profesional de los médicos de Leganés con denuncias falsas, ahora la señora marquesa –consorte-- intenta devolvernos a los tiempos mas oscuros del franquismo, cuando la presencia de sacerdotes católicos, en lugar de notarse en las iglesias, era visible en todos los órdenes de la vida con una prepotencia agobiante. En cualquier acera, donde daban su mano a besar a cualquier transeúnte, en los medios de transporte, donde reclamaban su derecho preferente al asiento, en las escuelas y establecimientos penitenciarios, en los hospitales, naturalmente y en las procesiones callejeras que se sucedían con una frecuencia cotidiana, mientras otros curas se dedicaban a cuestiones de mayor contenido social en Vallecas y sitios semejantes.

Con esa actitud, la marquesa –consorte-- exhibe su preferencia por el nacional catolicismo como ideología política, nada liberal, ni siquiera conservadora, porque por no conservar, no conservó ni las estructuras democráticas que precedieron su nefasta aparición en la escena pública.


La primera vez que vi la media sonrisa torcida de Aguirre en una imágen televisada, me dije, esta señora es de las que te pellizcan en el costado y te deja una moradura para tres meses, porque ese rictus facial suyo es característico de las mujeres pellizcadoras, pero esa sensación subjetiva es una pura anécdota, al lado de la capacidad destructiva de la marquesa –consorte-- en diferentes ámbitos, el de los logros de la sanidad pública, el de su propio partido, ahora, y quien sabe si en el conjunto de la sociedad en el futuro, si los electores madrileños le siguen otorgando su plácet para que restaure los viejos hábitos del nacional catolicismo.


Mas que una noticia, me ha parecido una pesadilla. Después he bajado al Maravillas, donde he tenido la alegría de saludar al tramoyista jubilado, recuperado de su larga estancia en un hospital, pese a que no había curas, y la pesadumbre de que se sentara a mi lado el predicador evangelista quien me ha largado un sermón con la intención de convencerme, primero, de la existencia de dios, después de que si yo me pusiera a su servicio –el de dios-- mis supuestas cualidades oratorias se verían reforzadas y mi espíritu sería gratificado con las bondades inmateriales de la dedicación al proselitismo de su causa espiritual.


Sin ninguna consideración a mi rechazo –que el conoce—a abordar discusiones teológicas antes del desayuno, ha insistido con el asunto de la liberación de los endemoniados, y al sugerirle yo que esa era una práctica de chamanes, que algunos practicaban con el peyote en ciertas culturas trashumantes, ha derivado hacia la existencia del infierno. En ese punto, he terminado la discusión haciéndole ver que la palabra, la suya, la de cualquiera, es cosa de dos, que no tiene carácter unilateral, y que se precisa de la voluntad del endemoniado, para que renuncie a los demonios, porque nadie puede negar su derecho a sentirse cómodo con ellos.


Después de la discusión teológica, ya bien desayunado, con un buen café con leche y un zumo de piña, me he sentido mejor, pero me ha atacado la necesidad compulsiva de escribir esta entrada destinada a Aguirre, la marquesa consorte, la pellizcadora, para rogarle que, antes de retirarse a su finca para poner una moneda en la mano de sus servidores el día del santo del marqués, limite su actividad destructiva a sus compañeros de partido, si es posible, y deje en paz la sanidad pública, y a sus electores madrileños, rogarles que hagan un esfuerzo de memoria histórica y nos liberen a todos, en la próxima cita electoral, del peligro de regresión a unos modos sociales ya superados por una democracia que, a pesar de Aguirre, se ha consolidado en un estado libre, solidario y capaz de atender a los delicados asuntos del dolor y las tragedias personales humanas, sin la ayuda impuesta de los curas de la marquesa.


He dejado inacabada la entrada que tenía medio escrita para hoy, porque me ha parecido imperativo dar prioridad a este asunto. La culpa es de Aguirre y del predicador evangelista. Estamos rodeados y no debemos permanecer en silencio, sin una defensa activa de nuestras libertades de agnósticos.


Lohengrin. 24-04-08.

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