miércoles, 26 de diciembre de 2007

AÑO NUEVO

"Para redondear el día de año nuevo ­­--idéntica realidad—fuimos a cenar al japonés. Restaurante Asiático, unas letras enormes, negras y amarillas, identificaban el local. Nada que ver con la cocina de los chinos baratos, pollo, cerdo, cebolla, más pollo, más cerdo y mucha cebolla. La cocina cantonesa, dicen, solo una parte ínfima de la variada cocina oriental.

Reservamos siete sillas alrededor de la enorme plancha y, nada mas sentarnos, un samurai con kimono y una cinta roja sobre la frente, comenzó a manejar con una rapidez sorprendente el cuchillo y la espátula, reduciendo a pequeñas porciones los filetes de pato y solomillo. Instintivamente, los que pagaban se echaron mano a la cartera, aterrorizados con la idea de lo que haría aquel tío con todos nosotros, si no les alcanzaba para pagar la cuenta.

Un ejército de tías y tíos, hieráticos, con un reconocible aire militarista, se hizo cargo de nuestra comanda, mientras el samurai cumplía con un encargo anterior, haciendo sonar una música metálica con sus herramientas, a la vez que sazonaba y salseaba las masacradas carnes que volaban sobre la plancha.

El mas alto del batallón, embutido en un esmoquin negro, parecía venir directamente de ejercer como coronel del campo de prisioneros en la celebre película del puente aquel. Vista la variedad de los menús, conferencié con mi mujer, que optó por cenar una brocheta de solomillo. Cuando el coronel nipón se acercó, cometí el error de señalar a mi mujer y pedir su solomillo, antes de hacer mi propio pedido. El tío me soltó una expresión intraducible, cuyo significado era clarísimo. Usted, cállese, ya hablará cuando se le pregunte.

Esos cabezas cuadradas son incapaces de entender la natural indisciplina de los latinos. Nada de atender a todos a la vez, provistos de un cuaderno. Todo el mundo tiene que definirse, por riguroso turno y nadie puede adelantar el pedido del comensal de al lado, bajo pena de ser arrojado a los pies del samurai.

Comenzamos con una ensalada de canónigos y hojas de roble, refrescada con zumo de pomelo y naranja. Previamente nos habían facilitado un paño caliente y yo pensé que estaba en la barbería, con el rostro cubierto por ese textil húmedo, y el del esmoquin negro, disfrazado de barbero, se disponía a rebanarme el pescuezo. El paño era para preparar las manos y dejarlas en condiciones de uso alimentario.

Siguieron unos rollitos vietnamitas, muy crujientes, vestidos con un trozo de lechuga y una hoja de menta, que había que mojar en una misteriosa salsa. Después los ravioli de marisco, témpura de verdura y langostinos, de textura muy ligera, el suhsi, muy bien elaborado, según los entendidos que nos acompañaban, con una flor de jengibre y esa pasta canalla, que te puede abrasar el paladar si no tienes cuidado con la medida.

Para terminar, la brocheta de solomillo, un cuenco de arroz al vapor, que dejamos intacto, helado caliente y té japonés. Vino japonés, de uva, es que no hay, pero ellos importan mosto concentrado blanco de Utiel Requena, o de la Mancha, lo elaboran en su país y luego ponen, en los supermercados de Londres o París, unas botellas de vino blanco con una gamba pelada en la etiqueta. Elaborado en Japón. Nosotros refrescamos la cena asiática con unas botellas de Barbadillo.

Al despedirnos, el coronel Yamamoto dio un taconazo rotundo y nos deseó feliz año nuevo, –idéntica realidad—mientras el samurai, ya despojado del kimono y la cinta, salió con su chupa de cuero y nos saludó con una sonrisa, que al parecer solo le estaba permitida fuera del ámbito militar que estábamos abandonando.

Esa noche tuve una pesadilla. Soñé que estaba tendido sobre la enorme plancha y el samurai me hacía pedacitos con el cuchillo y la espátula, y luego los arrojaba dentro del enorme puchero donde laquean los patos. Luego salía yo de allí, entero, todo pringado de rojo.

Joder, con el japonés".

(Fragmento de “Marc el desmemoriado” 2003/2004. Versión revisada 2007.)

FELIZ 2008.

Lohengrin. 26-12-07.

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