viernes, 28 de agosto de 2009

TEORÍA DEL PODER

Antes que nada, quiero recomendar a los usuarios del Blog que se acerquen a esta página que no la lean. Si desean saber algo sobre el enunciado, pueden consultar los textos de Maquiavelo, Lampedusa, Gramsci, Norberto Bobbio, Michel Focault, o las memorias de Winston Churchill o Andreotti, que no se si han sido escritas. Sacaran mas partido que si se detienen en esta improvisación. Hecha la advertencia, a lo mío.

Empecemos con la famosa frasecita. Yes, we can, usada por Obama con gran provecho en su campaña electoral. El poder, en su definición mas pedestre, es la capacidad de hacer algo que los demás no pueden hacer. Obama lanzó el mensaje a los ciudadanos de que ellos tenían poder para hacer algo que los demás no pueden, al carecer de sus mismos derechos de ciudadanía. Los ciudadanos le creyeron y ejercieron su poder y como consecuencia de ese ejercicio, Obama preside ahora el gobierno del país, todavía, mas poderoso del mundo mundial.

Analicemos la naturaleza de ese poder, Yes, we can. Es un poder instantáneo, efímero, que se agota con el ejercicio del voto y no volverá a resurgir hasta mucho tiempo después de haberse manifestado. La naturaleza esencial de ese poder efímero es que confiere poder a otros para ejercerlo de forma mas permanente.

Mientras el poder efímero duerme el sueño de los justos, quienes han recibido el verdadero poder con carácter mas permanente, lo ejercerán tomando miles de decisiones, que solo ellos pueden tomar. Los resultados de sus decisiones, siguiendo la ley de la gravitación universal, caerán como una incesante lluvia sobre los hombros de quienes les han conferido esa capacidad de decidir, no siempre para bien, porque el poder político, tiene que convivir con otros poderes menos representativos, pero mas influyentes, y a ese ejercicio de funambulismo se le llama política.

A veces, quienes lo practican tienen tanta habilidad, que su rostro toma una pátina de eternidad y un solo partido político se les queda corto para durar, por lo que saltan de uno a otro con tal de permanecer. En casi todos los gobiernos hay uno de esos. Alguien que empezó siendo maoista y luego acabó de respetable socialdemócrata, o alguien que estuvo en las filas de algún partido socialista moderado y ahora está en un partido de la derecha. Hay muchos ejemplos, tanto en España, como en Israel o en otras partes. Porque la verdadera esencia del poder consiste en permanecer, en durar.

La consistencia de esta afirmación se puede observar de modo cotidiano. Camps, duque de Heliópolis y Marqués de la Fórmula 1, ha remodelado su gobierno. Remodelar, es volver a modelar algo cuya plasticidad permite modificar su apariencia, con unos golpes de espátula.

Como un escultor contemporáneo de medio pelo, que ya no tiene ideas para crear algo nuevo, pero ha de acudir a una nueva exposición, el Marqués ha entrado en el almacén de las efigies conocidas y
provisto de la espátula ha dado unos toques aquí y allá, ha cambiado de lugar algunas figuras, pero su fondo de armario escultórico es el mismo, donde algunas de las figuras ni siquiera ha podido renovarlas, porque esa pátina de eternidad a la que aludíamos hace sus rostros refractarios a cualquier mínimo retoque, aunque si permiten ser cambiados de lugar.

Con esa ausencia de ideas, de deseos de renovación, Camps, el Marqués, hace suya la máxima de Lampedusa. Es necesario que algo cambie, para que todo siga igual.

Así, el barón de Costa, con su inefable aspecto de pijo –Si uno tiene aspecto de pijo, es que es un pijo-- no irá de embajador a Flandes, y el peligroso Cotino, no se pasará al teatro, para interpretar a Yago o Mefistófeles, sino que después de su nefasta gestión que ha derramado sobre los ciudadanos una lluvia incesante de malestar social, tendrá todavía mas poder, lo que nos lleva a la cuestión del reparto del poder, entre quienes lo ejercen.

Así como el poder político, en su conjunto, trata de moverse buscando una especie de equilibrio inestable entre otros poderes menos representativos, pero mas influyentes, quienes componen la máxima figura de representación de ese poder político, los jefes, lo son, no porque sean los mejor dotados para el cargo sino porque, en un momento dado, los equilibrios internos de los partidos y de los grupos que se amparan en ellos, han coincidido en que lo mejor para todos, en un determinado momento y espacio, es ese candidato.

Cuando las condiciones que determinaron esa elección, cambian, el jefe es, cada vez mas, un simple servidor de esos equilibrios, y su capacidad para influir en las decisiones colectivas, no digamos
para plantear cambios revolucionarios, se reduce en la misma medida en la que su carisma se ha visto disminuido.

Mientras todas estas decisiones se toman en los despachos del poder, los ciudadanos, ¿podemos hacer algo? Si. Podemos. Nos queda el recurso de ejercer el poder efímero, cuando toca, para dárselo a otros.

No es mucho, la verdad, pero, si uno se está muriendo de sed y le pasan un trapo mojado por los labios, no va a rechazarlo, no?.

LOHENGRIN (CIBERLOHENGRIN.COM) 28-08-09.

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