miércoles, 6 de noviembre de 2013

VOTAR, O NO VOTAR

Esa es la cuestión. Me he levantado con el trancazo habitual, pero, además, afónico. Mientras desayunaba, un poco de café con leche, mermelada y una barrita energética, porque me sentía desfallecido, el programa de Pepa Bueno, en la SER, ofrecía una entrevista con alguien desconocido para mi.

Me ha llamado la atención la clase de lenguaje empleado por el entrevistado, un lenguaje teórico político, lleno de tecnicismos tecnocráticos que solo podía proceder, me he dicho, de una educación en seminarios de partido desde la mas tierna edad, asistencia a congresos internacionales con sus correligionarios, y múltiples lecturas, todas con la misma orientación ideológica, con el resultado de que al oyente de a pie, con independencia de sus filias y fobias, le queda la sensación de haber estado oyendo a un personaje sin alma, un robot o algo parecido, incapaz de comunicarse con el pueblo llano.

Es una lástima que, unas veces el lenguaje político con el que tratan de comunicarse los políticos, incluso los mas jovenes, sea pura demagogia, cuando no populismo o algo peor, y otras sea un discurso técnico de seminario de partido que es imposible que llegue a los electores.

Es igual que se trate de un socialisto, como en este caso me ha confirmado mi mujer que ha escuchado la entrevista hasta el final, o de un arribista de la derecha, tipo Ignacio González o así, el resultado de esa falta de sintonía con los electores es que, después de la intervención pública del político, buena parte de los electores se plantea esta cuestión, ¿votar, o no votar?.  

¿Que se ha hecho de esos políticos bragados, expertos, pero no cínicos, que ocupaban un espacio entre la demagogia y la cursilería, y tenían la capacidad de comunicarse con la gente, trasladar lo esencial de su proyecto --porque tenian un proyecto-- que la gente reconocía y le ilusionaba participar en el, con el voto?. 

Este país cambió sustancialmente, aunque ahora se niegue profundidad y autenticidad a ese cambio, de la mano de aquella generación de políticos, y los electores votamos masivamente, conscientes de la oportunidad histórica de superar un régimen autoritario, caduco, sanguinario y aislacionista, que nos separaba de Europa y de la homologación de nuestras instituciones con los modelos institucionales de los países vecinos. 

Lamentablemente, nuestro matrimonio con Europa no pasa ahora por sus mejores momentos. La cruel esposa lacera nuestras espaldas, para que purguemos nosotros, todos, los pecados financieros de algunos, con políticas neo conservadoras que no son las mismas que cuando Europa no era un club de los que se llaman a si mismos liberales, cuando son meros lacayos al servicio de una autoridad, el dinero, que nunca ha dejado de estar presente, pero no con tanta crudeza como ahora. 

Cuando uno se siente apaleado, maltratado, por los mismos a los que ha confiado su voto para que cumplieran unas promesas que se ha demostrado que nunca se hicieron con esa intención, es lógico que se replantee su adhesión, o su repulsa, al sistema que le oprime y le castiga. 

Es de esa sensación de la que surge la necesidad de volver a pensar la solución a la cuestión ¿votar, o no votar?. En realidad, es una opinión, la cuestión es otra, ¿que cambios es necesario realizar en los sistemas institucionales y electorales para evitar la desafección creciente de los ciudadanos?

Estos días se escuchan muchas propuestas, primarias en las que intervengan no afiliados, listas abiertas, modificación de la constitución atendiendo a planteamientos secesionistas, cosas así. No estoy seguro de que la cuestión se resuelva por la vía de modificaciones institucionales, si no encontramos algún modo de que se modifiquen las actitudes.

Tal vez un estatuto del dimisionario sería mas eficaz, un consenso universal por el que, cuando alguien incumple sus promesas programáticas, miente en sede parlamentaria, deja su cargo público para instalarse en una corporación privada a la que ha beneficiado con sus decisiones, o como es el caso ahora en el gobierno valenciano, cierra de un día para otro un medio público, en un golpe de autoridad, sin agotar las posibilidades de diálogo, sea inhabilitado de por vida para el ejercicio de la política, esa palabra tan noble, por oposición al autoritarismo, que en nuestros días unos y otros están vaciando de sentido.

Siempre pensé que el voto es un medio necesario, pero insuficiente, si no va acompañado de la participación de los gobernados en los asuntos de gobierno que les conciernen. En caso contrario, lo que tenemos es un sistema autoritario revestido de formas democráticas. 

En nuestros días, lamentablemente, hasta esas formas se están perdiendo, por la ausencia de una generación de políticos bragados, expertos, que sepa colocarse entre la demagogia y los tecnicismos, pero, sobre todo, que cumpla lo que promete. 

Votar, o no votar. Yo no lo tengo claro. Votar de otra manera, a las personas que se muestren adecuadas para intentar cambiar esto, con el apoyo ciudadano. No se. Estoy hecho un lio, la verdad. 

En fin. Votar, o no votar.

LOHENGRIN (CIBERLOHENGRIN) 6-11-13.

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