domingo, 20 de noviembre de 2016

AZARROLLO


"Las campanas de la iglesia del cercano pueblo dan las ocho de la mañana, y su sonido apaga el canto de los mirlos, el ladrido de un perro, y el silencio que domina bajo el porche de la casa de madera donde estoy acomodado en una butaca, fumando un cigarrillo de poleo menta, frente al arbolado, los arbustos y matojos de un complejo habitacional rural, llamado Aras Rural, a un tiro de piedra de Aras de los Olmos, antes Aras de Alpuente.

Accedimos a Aras, en la mañana del sábado, por la CV-35. La casa de madera donde pernoctamos tiene nombre. Azarrollo, según nos han informado es el nombre de un árbol, supongo que uno de los olmos centenarios que hubo en este pueblo, ahora desaparecido, como casi todos los de su especie, no solo aquí, sino en otros lugares serranos.

Los dos  días que hemos empleado en conocer, no solo este lugar, sino otros no muy lejanos, como Santa Cruz de Moya, Casas Bajas y alguna otra aldea cercana, han sido recompensados con unas experiencias gustativas, contemplativas, relacionales, que, en conjunto, han supuesto la mejor experiencia de turismo rural que yo recuerdo, en los últimos veinte años.

Titulo así la entrada de hoy, Azarrollo, con el nombre de la casa que nos ha acogido, por una asociación de ideas que me hace recordar la palabra 'Rosebud' otra palabra evocadora que se escucha al final de la enorme película de Welles, 'Ciudadano Kane', cuyo protagonista, que ha sido entregado por su madre a la tutela de una entidad financiera para que lo eduque, evoca el tiempo feliz de su infancia anterior a aquel desgarro, con la palabra, 'Rosebud', el nombre del trineo con el que jugaba de niño en las cumbres nevadas donde vivíó.

Y hago esto , titular esta entrada con el nombre de Azarrollo, con el intención de que esta palabra me sirva de enganche evocador para no olvidarme de las horas tan felices que hemos pasado con Lola y Antoni en estos lugares tan hermosos, tan abruptos, que hemos conocido recorriendo, después de un día de estancia en Aras, las tierras fronterizas entre la comunidad valenciana y la provincia de Cuenca,donde hemos tenido la evidencia de que nos encontrábamos en Castilla la Mancha, el feudo de Cospedal, porque al cruzar la frontera entre las dos provincias, el nuevo, impecable asfalto de la carretera, nada mas entrar en tierras de Cospedal, nos ha parecido un asfalto 'simulado', como lo del finiquito aquel de Bárcenas, pues apenas recorridos unos metros, la calidad del firme ha cambiado a peor enseguida. O sea, una simulación."

"Llegamos a Aras el sábado por la mañana, estacionamos el coche, tomamos unas cervezas en el mejor bar del pueblo, Los  Tornajos, pedimos información para ir al complejo Aras Rural, donde habíamos reservado habitación, nos la dieron, pero al llegar al punto del desvío, Lola tomó la dirección contraria y nos dimos un agradable paseo de unos diez kilómetros en la dirección opuesta a la que debimos tomar.

No nos molestó en absoluto porque ese desvío involuntario nos permitió disfrutar de los tonos púrpura y dorados de los alrededores de Aras, aunque resultaron ser los mismos que habíamos recorrido viniendo de Valencia.

Cuando Lola se convenció, por fín, de que había tomado la dirección equivocada, volvimos a Aras, a una hora decente, lo que nos permitió encontrar el lugar que buscábamos, estacionar el coche, hacernos cargo de la llave de la casa, del mando que controlaba la apertura y cierre de la valla metálica que permite acceder al interior del complejo, donde, además de las casas de madera, hay un gran polideportivo, y el Restaurante Sabina, donde hicimos la primera comida de nuestra estancia allí.

Las entradss, una ensalada verde con queso de cabra, bacon y otras lindezas, unas soberbias croquetas de setas, que, por su sabor, parecían hechas con boletus y una estupenda tosta con salmón y aguacate, dieron paso, muy dignamente, a los codillos que se papearon mi mujer y nuestros acompañantes, porque ellos no llevan, como yo, una prótesis dental superior, yo me conformé, hice muy bien, porque estaba de p.m., con una merluza con pisto y patatitas chafadas, la crema de queso con frutas del bosque que tomé de postre me resarció de sobra, de la ausencia de codillo en mi plato.

El vino de crianza del Villar, me pareció que era la prueba de cuánto han mejorado los elaboradores de por aquí sus técnicas enológicas. Quince pavos por persona.Aunque el Protos que nos tiramos al gaznate, que había traído Antoni, al cenar en la casa el pernil, el queso y la sobrasada casera que compramos en la carnicería del pueblo, no permite ser comparado con los vinos de la zona.

Después de comer, Lola se echó una siesta de una hora, mientras nos distraíamos en el salón. Luego, fuimos a visitar el pueblo, de cabo a rabo, de norte a sur, y apreciamos en dos lugares la ausencia de los olmos centenarios que dan nombre ahora al pueblo. En el centro del pueblo, en la plaza, hay una estructura semejante a los quioscos de música que se pueden ver en Oviedo, en Santander y en otros lugares, pero aquí tuvo la función de cobijar un olmo centenario, que ya no está.

En las afueras del pueblo, junto a una zona de huertos, hay otra estructura circular, con varias alturas escalonadas, que fué un monumento artístico dedicado a la memoria de aquel olmo muerto. Por desgracia, según nos contó Jordi antes de venir a visitar este lugar, la artista que diseñó aquel homenaje, usó un tronco de arbol, sin ramas, sustituyó las viejas ramas por estructuras de hierro que las evocaban, y cuando se dieron cuenta de que lo que habían inventado era un pararrayos, ya fué demasiado tarde, porque una tormenta muy violenta redujo a cenizas aquello y hoy solo quedan las bases de piedra y barro que lo sustentaban.

El pueblo de Aras nos encantó, su arquitectura tradicional, mezclada a veces con construcciones mas modernas, como en casi todas partes, y con edificios a medio hacer parados por la crisis, en conjunto , reúne unas construcciones de aire rural de gran belleza, sus calles, nombradas con palabras expresivas, descriptivas. incluída la calle del Ministro, ¿de que ministro?, y su espectacular iglesia, nos ocuparon la tarde hasta que oscureció, compramos el material para la cena, visitamos el teatro, y nos enteramos que al día siguiente había una prueba de ciclismo de montaña, con más de doscientos inscritos, que tenía su meta en una plaza del pueblo.

Luego fuimos a la oficina de turismo, instalada en un museo, y nos enteramos de que al día siguiente, por la mañana, había una visita guiada para conocer lo más representativo del lugar, una torre musulmana, un jardin botánico en el cementerio, y más cosas, pero yo ya había inclinado las preferencias del grupo para hacer una visita a Casas Bajas, influido por la recomandación de Isa, que había citado un restaurante de allí, sin decir su nombre, regentado por un antiguo marino y cocinero que había echado allí su ancla.

El día siguiente, no pudo comenzar mejor, ya he descrito mi sensación al comenzar el día al inicio de la página. Solo hubo un pequeño incidente, al cruzar la valla metálica para salir del recinto, Encarna se entretuvo un poco en la trayectoria de la valla, que se movía con el mando a distancia, y casi se la lleva por delante al cerrarse, pero no pasó nada.

Nos planteamos esperar, o no, la llegada de los ciclistas. Después de pagar la cuenta de la habitación, 25E por persona, y cargar el equipaje en el coche, bajamos a la plaza donde se esperaba la llegada de los deportistas, pero, una voz por megafonía anunció lo que iban a tardar todavía, y decidimos salir hacia Casas Bajas.

Con tan buena fortuna, que vimos pasar el pelotón, durante quince minutos estuvimos detenidos en la carretera para ceder el paso a los ciclistas, que parecían muy cansados, de tanto subir cuestas. De camino a Casas Bajas, paramos en Santa Cruz de Moya, a mayor altitud que Aras, y quedamos subyugados por su paisaje otoñal, abrupto, pero muy colorista y animado por el cauce del Turia. (El viernes, cuando venga nuestro hijo Jordi a comer con nosotros, le pediré que escanée una preciosa foto de Santa Cruz de Moya, tomada con el móvil de Encarna, y la publicaré como portada de esta entrada, de manera excepcional. Solo lo he hecho otra vez, en la crónica de nuestro viaje a Londres, en la que aparece la hermosa foto de una estatua de mujer oriental, que tomamos en el British Museum).

Tomamos unas cervezas en el Bar Central y al salir, contemplamos, asombrados, el vehículo de unos cazadores que se detuvieron a la puerta, cargado con el cuerpo de un jabalí muerto, con las tripas al aire, que debía pesar doscientos kilos, y un remolque con la mitad de la jauría de perros malheridos tras su pelea con el jabalí. Que crueldad, ¿no?.

Quedamos verdaderamente impresionados por la belleza del lugar, y un tanto atónitos por el hecho de que lugares tan bellos, tan emblemáticos, estén tan cerca de casa, poco más de un centenar de kilómetros y nunca antes los hayamos visitado.

El otoño de hoy, supera, incluso, las sensaciones que sentimos al visitar Escaleruela, por Valdelinares. Cuando llegamos a Casas Bajas, yo había recibido en Aras la información. que luego resultó equivocada, de que el restaurante del marinero en tierra, se llamaba Casa Emilio, y pregunté por el a un transeunte. --No sé, no soy de aquí, pregunte a aquel señor del tractor. El señor del tractor me desengañó, al decirme que Casa Emilio estaba en Torrebaja, no aquí.

Dado lo avanzado de la hora, decidimos no seguir buscando y comer en el Restaurante la Moncloa, cuya ubicación yo conocía por haberlo visto en Internet. Entramos, con una cierta desilusión, yo con el cabreo de que Isa me había informado mal, a la Moncloa, y nos sorprendió encontrar en su comedor una campana de barco, que sonaba para agradecer las propinas recibidas, (como en la Moncloa de verdad, no?) un marco con miniaturas marineras y un jóven muy competente que nos dijo que, efectivamente, ese, aunque se llamara La Moncloa, y no Casa Emilio, era el restaurante del marino y cocinero retirado que andábamos buscando.

Unas judías pintas, con patatitas chafadas, como las hacen aquí, y con trocitos de jamón, de morcilla y tocino, fueron las entradas, luego, tres cazuelitas de barro con manitas de cerdo, absolutamente sublimes, yo me comí sin problemas mi ración, porque la carne era pura gelatina, más las carrilleras que tomó Antoni, una botella de Rioja de Crianza, 13º, agua, postre, helado de nata y caramelo, flan de la casa con crema de merengue, y cafés, 10E por persona.

Francamente recomendable, no?. Me gusta. Como se dice ahora. El camino hasta Santa Cruz de Moya, Casas Bajas y alguna otra aldea que visitamos, cuyo nombre no recuerdo, lugares de bastante altitud y orografía complicada, fué un infierno de curvas, aunque no lo pareció para el Lotus que nos pasó, tranquilamente, como si circulara por una autovía.

Por la tarde, cuando nos despojamos de la modorra de la comida, decidimos regresar a casa por otra ruta. En lugar de desandar el camino --hubiera sido una crueldad para Encarna, que viaja a base de Biodraminas-- lo hicimos por Landete y Talayuelas, por una muy buena carretera que nos llevó a enlazar, en Utiel, con la autopista A3.

La vuelta resultó, así, un paseo tranquilo y agradable y, antes de que anocheciera, estábamos de regreso en casa. Mientras veía la tele, pensaba en como terminar esta crónica y, en honor a la verdad, he de decir que ha sido nuestra mejor experiencia de turismo rural en los últimos veinte años. Sí.

Azarrollo, el nombre de la casa que nos ha alojado. La palabra que espero que me haga evocar, durante mucho tiempo, la felicidad de estos dos días.

En fin. Azarrollo.

LOHENGRIN (CIBERLOHENGRIN) 20 11 16.

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