martes, 13 de octubre de 2009

EL JARDÍN DE HELIÓPOLIS (X)

(….) “Las arañas que han decidido suspender sus hilos de seda de lo mas alto de la pajarera, antes de salir a viajar llevadas por las corrientes térmicas son, pese a lo extraño que pueda parecer, uno de los elementos mas realistas del jardín.

Cuando volví de un viaje de trabajo, una mañana de primavera fui a comer un arross a banda a la playa de Pinedo. Paseaba por la orilla, sin prisas, intentando capturar el sol todavía invernal, junto a los decadentes chiringuitos que parecían favelas, –todavía no habían sido remozados-- con sus cartones de colores y remiendos de uralita, sus maderas podridas y sus telarañas. Telarañas .Me llamó la atención la gran cantidad de tejido arácnido que colgaba de los podridos palos. Miré hacia el mar y los vi.

Docenas de hilos de seda, verticales, arrastrados por la suave corriente cálida y en su extremo inferior, colgadas de ese asidero, las arañas que parecían hacer un viaje migratorio ¿Desde donde?.Empujadas por la brisa, desembarcaban, una tras otra, sobre los podridos palos de los chiringuitos, configurando un raro espectáculo que nunca me había sido dado contemplar.

Esa experiencia me produjo un impacto mayor, por lo insólita, que cualquiera de las imágenes que había visto antes en relación con los sucesos de la vida natural. Todavía hoy espero que alguien me explique que no tiene nada de insólito, que es la forma ordinaria en que se desplazan los arácnidos y que es normal que los veas salir del mar por docenas, colgados de sus paracaídas de seda.

He decidido incorporarlas a la pajarera, para seguir contemplando ese raro suceso. Un acontecimiento que me parece mas enigmático que las migraciones de las mariposas de Michoacán.

El año que estuve en Michoacán, las copas de los árboles reventaban de color en los bosques de oyamel, caoba y ébano, y los cien millones de mariposas Monarca, venidas a invernar desde las frías tierras del norte, dormían sobre las ramas de los árboles, agotadas, después de volar mas de cuatro mil kilómetros para salvar su fragilidad de los rigores del clima.

Esa estancia fue muy placentera para esos hermosos bichos itinerantes porque no nevó. El año anterior, un inesperado cambio de clima sepultó, bajo una delgada capa de hielo, a cuarenta millones de ejemplares.

Los mas viejos del lugar no recordaban nada igual. Al incidir la luz de la tarde, oblicua, sobre ese sudario helado, devolvía reflejos irisados impregnados con los colores de las mariposas y la atmósfera del bosque se transformó, como si Ibarrola hubiera pintado el aire.

Nunca he sentido la pasión del entomólogo y me produce una sensación de rechazo la visión de un insecto clavado en una aguja. Prefiero verlos volar, en su plenitud, que convertidos en fósiles o expuestos en cajas de cristal.

Al parecer, según me contaron, un anciano chamán, que vivía de la destilación del metzcal, al que añadía algunas misteriosas hierbas de su propia cosecha, tuvo la delicadeza de ofrecer acogida a los ejemplares que se salvaron de aquella mortandad y consiguió que se reprodujeran bajo su cobijo, poniéndoles en los bebederos, en lugar de agua, la mixtura de su propia elaboración. Ignoro si la historia es o no verdadera. La cuento, como la escuché.

Algunos de esos ejemplares sobrevivientes duermen ahora sobre las ramas de los sauces del rincón zen. En las horas de sol, los rayos que se filtran a través de las menudas hojas de los sauces, resbalan sobre la sofisticada decoración dorsal de las Monarca y el efecto de color que producen recuerda la contemplación de los vitrales de las grandes catedrales europeas.

Al anochecer, si el viento del sur aún sopla y eleva unos grados la temperatura del jardín, algunos ejemplares prefieren pernoctar sobre los nenúfares de la alberca.

Le había dicho al proyectista del estudio que los helechos eran del pleistoceno y ahora los tenía aquí dominando con su presencia arcaica, junto al drago milenario, el bosque arbóreo. Su apariencia era tan realista que evocaba la veracidad de la historia en la que aparecieron por vez primera.

“El dinosaurio acometió a la hembra con su pene de dos metros y cada contacto hacía temblar el suelo en un radio de diez kilómetros. Las vibraciones socavaron las raíces de los helechos gigantes que poblaban las cercanas colinas y el suelo de las montañas se fue degradando, hasta que los bloques de granito comenzaron a moverse.

El cerebro del dinosaurio tenía la facultad de visitar cualquier rincón del tiempo y en una de sus incursiones al antropoceno había escuchado la noticia de su propia extinción. Entonces hizo lo que cualquier humano haría en una situación semejante. Aparearse por última vez. El exceso de pasión que generó la desesperación de aquel mensaje apocalíptico captado en los tiempos futuros, terminó por hacer caer los bloques de granito que habían sido desprendidos de su base en la montaña, y la pareja terminó sepultada bajo los efectos de su propio ardor.

El último rugido que daba cuenta de esa extinción se escuchó en el bosque de helechos, vacío de presencia humana. Cuando los paleontólogos encontraron esos restos, millones de años después, a pesar de que los esqueletos encontrados presentaban la evidencia de una postura coital, como ninguno de ellos gustaba de las fabulaciones, atribuyeron su final a una catástrofe geológica vinculada a un cambio en el clima.

Hubo otros individuos de la misma especie, vecinos de hábitat, que dispusieron de la misma información sobre su posible extinción, pero no le concedieron credibilidad o se la tomaron con mas calma. Ocupados en su supervivencia cotidiana, ajenos a la noción de fatalidad, siguieron con su dieta de helechos y sus apareamientos rutinarios, durante cientos de miles de años. Incapaces de exceder los límites de la pasión, no comprendieron lo que había conducido a sus congéneres a la autoextinción.”

Esta es la mínima fábula que me llevó a incluir los helechos en el jardín. Ahora me ocuparé del drago milenario.

Si no recuerdo mal, la primera vez que visité el drago milenario, en Icod de los Vinos, fue durante un viaje a Tenerife, en un mes de diciembre.

Sin embargo, lo he traído a mi jardín a causa de una sexóloga francesa, a quien escuché decir que los hombres metálicos, esos seres con cabello plateado y otros caracteres metaloides, ya no tienen nada que hacer en el asunto de la seducción y tienen la misma probabilidad de encontrar una pareja para practicar el sexo en un monovolúmen que un caracol hermafrodita. Enseguida imaginé el prototipo de seductor pasado de moda vestido con una camiseta con el drago xerigrafíado en el pecho y de esa asociación ha resultado que al consultar viejas historias, haya aparecido el drago milenario como un elemento mas del jardín.

Es lógico que con la liberación de la mujer, su incorporación al mundo del trabajo y su creciente independencia de las tareas domésticas, ellas manifiesten mas abiertamente su rechazo a los viejos modelos de seductores metálicos fabricados en Hollywood. En las películas que todos recordamos había una superpoblación de hombres metálicos con cabellos plateados y cinturas imposibles que seducían en la pantalla a mujeres veinte o treinta años mas jóvenes que ellos.

Esa aberración cinematográfica se trasladaba al imaginario de la aceptación social y solo Mae Westh se atrevió a desafiar ese modelo¿Llevas la pistola en el bolsillo, o es que te alegras de verme? Todavía en la última década hemos visto en la pantalla actores, casi en la ancianidad, en el papel de seductores de nula credibilidad. Es hora de desterrar esos estereotipos, porque todavía algunos arrastran su condición de hombres metálicos, con su cabello plateado y su rigidez facial, como si el mundo no hubiera cambiado.

No obstante, como se trata del drago milenario, antes de enterrar definitivamente el prototipo de hombre metálico, contaré la historia de ese hombre que acarreaba su soledad por el paseo de Santa Cruz, con el drago pegado en la camiseta.

“El hombre metálico era un canario crepuscular, en plena crisis de reconocimiento de que el tiempo lo estaba dejando fuera del escaparate. Hubo un tiempo en que las mujeres lo buscaban, lo miraban sin disimulo, con una expresión interrogativa que se podía entender sin dificultad ¿Vienes?, parecían decirle con la mirada. Y el hacía sus elecciones, sin desairar a ninguna, pues tenía tiempo de sobra para establecer un orden no excluyente, de modo que, en aquellos años, su conocimiento de la propiedad privada de la isla, por su condición de registrador, no se limitaba a los inmuebles y parcelas edificables.

Los domingos se despojaba del traje y la corbata, se olvidaba de su profesión de registrador de la propiedad, de su militancia en el partido, se ponía su mejor camiseta y unos vaqueros raídos. Dejaba a su mujer y a sus hijos con alguna excusa poco creíble, y se marchaba con la esperanza de recobrar una porción de su antigua libertad, buscaba algún estímulo que le ayudara a seguir viviendo, un momento de emoción vislumbrado en el reflejo de unos ojos oscuros, mientras se exhibía en el paseo, con un punto de esperanza suicida, como un pavo real con el plumaje un tanto quebrantado.

Salió al paseo de Santa Cruz con el drago milenario pegado en la camiseta, pero las guiris se habían ido a las Scheilles y a las guapas guanches solo les interesaban los peninsulares, por el asunto de fugarse de la insularidad.

El hubiera querido ser un freaky, porque no sabía que era un freaky, y ligarse a una alemana de metro ochenta, largas y firmes piernas, nariz potente y melena dorada, pero las guiris se habían ido a las Scheilles y el estaba ahora sentado, lamentando su ausencia, en un banco del paseo de Santa Cruz, mientras bramaban los motores de los aviones que iban al sur con esa carga preciosa que huía a otros paraísos.

En vano transcurrían las horas en la soledad del paseo. Por mas que lo intentaba, no conseguía recobrar esa sensación de júbilo que a veces acompañó su vida pasada. Temblaba ante la posibilidad del fracaso. La perspectiva de volver al lunes con su traje de alpaca, su trabajo gris y sus muletas ideológicas, sin haber vivido un momento de triunfo, le producía espanto.

Entonces la vio cruzar la calle y percibió su mirada. Media casi uno ochenta, tenía una nariz poderosa y una melena dorada que sacudió al pasar por su lado con una firme y larga zancada. Sus ojos oscuros apenas le miraron, pero esa presencia fugaz le reconfortó.

En sus escapadas a Icod se sentaba frente al drago milenario admirando la grandiosidad de aquel ser vegetal que proyectaba su vitalidad mas allá de las muchas generaciones de humanos que lo habían contemplado, sin ofrecer signos de cansancio aparente, ni haber entrado todavía en una etapa declinante y sentía su fragilidad de hombre en proceso de degeneración, no como un ciclo natural, sino como una limitación personal que le impedía encarar con esperanza su vida futura.
Ahora, la breve mirada que le había dirigido en el paseo aquella mujer esbelta de zancada firme, nariz poderosa y melena rubia, le reconfortó de ese sentimiento de finitud, pero al mismo tiempo se preguntó si en adelante tendría que vivir de esa caridad piadosa, esa especie de limosna que alguna mujer le concedería, al observar debajo de su decadencia los pasados esplendores, si solo le mirarían ya como a esos muebles antiguos de estilo elegante y maderas nobles, con un cierto interés pero sin ningún deseo de adquirirlo por miedo a los estragos del tiempo ocultos en el interior de sus estructuras.

Pensó que había otras cosas, aparte de las mujeres. Podía concentrarse en su trabajo y obtener reconocimientos profesionales. Había otra clase de belleza, la isla estaba llena de parajes magníficos, listos para ser vistos con una mirada mas profunda, mas madura. Si. Pero la ausencia de la alegría que el había compartido con ellas, le parecía imposible de sustituir con los oropeles del triunfo profesional o con la pasividad de la contemplación estética.

Entonces se le ocurrió un medio de escapar de su destino. El viaje. Vio llegado el momento de aparejar su velero, reunir sus cartas de navegación, trazar una ruta y entregarse a un periodo de navegación solitaria, para tratar de encontrar lo que aquí, en los límites terrestres de la insularidad, no se le mostraba con suficiente claridad.

Dejó el despacho en manos de su pasante. Convenció a su familia de que necesitaba un tiempo de aislamiento. Inició los preparativos para dejar el barco en condiciones para una larga singladura, hizo, de modo trepidante, los acopios que necesitaba y en pocos días todo estuvo dispuesto.

Quince días después del encuentro con aquella mujer en el paseo, su barco zarpó del puerto de Santa Cruz, dejando ver su popa en la lejanía, mientras el crepúsculo caía sobre el mar abierto.

Cuando llegó a las Scheilles era invierno y mientras fijaba su barco en el amarre, escuchó rugir los motores de los aviones que se llevaban a las guiris al archipiélago canario. Se detuvo allí lo necesario para realizar las operaciones de mantenimiento que exigían las millas recorridas y luego zarpó hacia el Indico. Se cruzó con grandes barcos, bien armados, que se dedicaban a la piratería y que no le hicieron el menor caso, por ser una presa pequeña. Estuvo a punto de perder el velamen en un temporal que excedía las posibilidades de su barco, pero logró arribar a un pequeño puerto donde consiguió repararlo. Esas pruebas, reforzaban su carácter, pensó, y trató de convencerse de que cuando regresara de su viaje, sería otro, mas fuerte, mas decidido, menos dubitativo.

Después de una breve incursión en el mar de China y en las bellísimas ensenadas vietnamitas, aprovisionó el buque en el puerto de Macao y se dispuso a realizar el viaje de regreso.

Estudió las cartas de navegación para trazar la ruta mas corta, se ayudó con el motor cuando le faltó el viento y en tres meses cubrió el viaje de vuelta.

Regresaba con el ánimo fortalecido, dispuesto a encarar su vida con optimismo y energía. Era verano en Santa Cruz cuando se le acercó el práctico para conducir la maniobra de atraque, había amanecido y el puerto estaba rodeado por una luminosidad intensa. Estaba fijando el cabo en el amarre cuando percibió, en el muelle, la presencia de la misma mujer rubia, alta, de nariz poderosa, que le concedió una mirada cálida y conmiserativa, con la misma expresión con la que hubiera mirado un mueble antiguo, de maderas nobles, con interés, pero sin ningún deseo de comprarlo.

Esa mirada, pudo mas que sus esfuerzos de marino solitario por reforzar su condición de hombre metálico y le condujo al mismo punto de partida de donde había salido en su viaje crepuscular.

En el aire, los motores de los aviones bramaban antes de aterrizar en Los Rodeos. Era verano y un nutrido pasaje de guiris volvía a tomar tierra en la isla. Nada había sucedido, pensó, que le impidiera seguir intentando vivir un verano intenso. Se alejó del puerto hacía el paseo de Santa Cruz. Las penalidades de la travesía le daban un aspecto mas delgado y bronceado, mas metálico, la barba crecida y el brillo de sus ojos indicaban que el mar, definitivamente, se había instalado en su interior.”

Dejé envuelto al hombre metálico en sus propias disquisiciones y salí a dar un paseo por las calles de Heliópolis."

CONTINUARÁ

LOHENGRIN (CIBERLOHENGRIN.COM) 13-10-09.

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